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lunes, 15 de agosto de 2022

El Mozote: ¿Un lugar sagrado?

Por Margarita Yolanda Moreno Henríquez


El Salvador estaba en guerra civil. Las Fuerzas Armadas realizaban acciones militares en diferentes zonas del país para desmantelar a la guerrilla. Entre el 10 y el 13 de diciembre de 1981, en el departamento de Morazán (a casi 200 kilómetros de San Salvador), el Batallón de Infantería de Reacción Inmediata Atlacatl se tomó el caserío El Mozote (un pequeño pueblo de una zona rural) y otros poblados aledaños para ejecutar “la acción antiguerrillera ‘Operación rescate''', (Organización de las Naciones Unidas [ONU], 1993, p. 118). En esos cuatro días, los soldados torturaron campesinos y jóvenes, violaron mujeres y separaron a madres de sus hijos e hijas, algunos recién nacidos. Se calcula que asesinaron a más de 900 personas (más de la mitad eran menores de edad).

A  inicios de los noventa, solo en El Mozote, un equipo de antropólogos forenses de Argentina identificó los restos de 143 menores, con edad promedio de seis años. Todos habían sido ejecutados y quemados en un lugar conocido como “el convento”, ubicado contiguo a una iglesia (ONU, 1993, p. 121). El crimen es considerado como “la mayor [masacre] del siglo XX en América Latina” (Lima, 2019).

Algunos productos periodísticos sobre la masacre de El Mozote

Durante muchos años, la masacre fue negada por el Estado salvadoreño, a pesar de los testimonios de sobrevivientes; e incluso después de que The Washington Post y el New York Times publicaron, en enero de 1982, unos reportajes sobre el crimen; los periodistas vieron cadáveres y las casas destruidas (ONU, 1993, p. 120).

El crimen siguió negándose hasta después de la firma de los Acuerdos de Paz (en enero de 1992). En 1993, una Comisión de la Verdad de la ONU recopiló testimonios y evidencias que confirmaban que la masacre había sucedido. Sin embargo, el Estado salvadoreño no cedería ante la petición de justicia por este crimen, ni por ningún otro que tuviera como victimario a las Fuerzas Armadas. Para esto, antes de que se hiciera público el informe de la Comisión, se creó el mecanismo que impondría la impunidad: la ley de amnistía, aprobada por la Asamblea Legislativa para evitar la judicialización de los casos de violaciones a derechos humanos durante la guerra civil.

Desde ese momento, diversos sectores de la sociedad comenzaron a ejecutar una serie de iniciativas y esfuerzos para que las víctimas accedan a la justicia y puedan contar, desde diferentes plataformas, qué sucedió en El Mozote. Así, el crimen ha sido inspiración para la poesía y la literatura: Luciérnagas en El Mozote, escrita en 1995, es una de las obras testimoniales más destacadas. También circulan artículos que abordan el caso desde las ciencias jurídicas y los derechos humanos, la antropología, la criminología forense y la teología. Sin embargo, la principal labor de comunicación de la causa de El Mozote la encabezan los sobrevivientes y los familiares de las víctimas, quienes, como respuesta a esa espiral de revictimización en la que están atrapados, optaron por convertirse en guardianes de su propia memoria. Para esto, se organizaron y construyeron en el pueblo monumentos y espacios conmemorativos para realizar ceremonias y actos culturales. En el imaginario colectivo, el caserío de El Mozote se convirtió en una especie de templo, un lugar intocable.

39 años después del crimen, en diciembre de 2020, el presidente Nayib Bukele visitó El Mozote para realizar un acto de propaganda. Ahí, frente a la comunidad y ante las cámaras, dijo que “la guerra fue una farsa (...) igual que los Acuerdos de Paz” (Bukele, 2020). En 2021, en el marco de la conmemoración de la masacre, el mandatario volvió al pueblo y prometió “un futuro totalmente diferente” para la comunidad (Bukele, 2021), que incluye entrega de computadoras, tablets y regalos para los niños y niñas, e Internet inalámbrico gratuito para la zona central del pueblo. El porvenir que imagina Bukele para El Mozote, como dijo en ese acto público, pasa por una inversión de 28 millones de dólares para la construcción de infraestructura: una plaza para el comercio local, canchas deportivas, un hospital para las personas de la tercera edad y un puesto de policía, entre otros.

Para edificar ese futuro prometido, en marzo de este año, la Dirección de Obras Municipales (DOM), sin consultar ni explicar los detalles del proyecto a los lugareños, inició unos “trabajos de remodelación en el parque, la concha acústica, la iglesia católica y el Jardín de los Niños Inocentes [ubicado en “el convento”]” (Radio YSUCA, 2022).

La comunidad se alteró cuando se cercó con lámina el Monumento a la Familia, que está conformado por una serie de tablas de madera con los nombres de todos los asesinados, y una estructura de metal con las siluetas de un hombre, una mujer, una niña y un niño tomados de la mano, a cuyos pies se encuentran enterrados más de un centenar de los masacrados. La DOM no daba explicaciones. La incertidumbre y quizás la impresión de sentirse de nuevo al borde de otro atropello hicieron que buena parte de los pobladores salieran a las calles a protestar. 

La obra se puso en pausa. Sin embargo, la disonancia cognitiva, es decir, una serie de ideas contrapuestas que entran en tensión, era evidente: para los lugareños era una vulneración a un lugar significativo: “la plaza no se puede convertir en un lugar turístico, es un lugar histórico, es un lugar santo (...) la sangre de nuestros familiares no se puede convertir en un negocio” (Cruz, 2022). Pero para la DOM era el cumplimiento de una “misión” encomendada por Bukele, una “inversión histórica”, que propicia “una justicia real” para las víctimas (Dirección de Obras Municipales [DOM], 2022).

Diferentes medios de comunicación y organizaciones sociales informaron sobre el hecho, haciendo énfasis en las implicaciones en materia de justicia restaurativa y de derechos humanos. Y sí, efectivamente, la defensa del monumento debe contextualizarse en el marco de la impunidad impuesta a nivel jurídico, pero también requiere de un abordaje que lo ubique como un fenómeno, en el que intervienen matrices simbólicas que pueden analizarse desde los aportes y perspectivas de la comunicación y la cultura. .

Si se parte de la premisa que plantea Benegas (2013), que implica dimensionar a los espacios conmemorativos (al igual que los testimonios orales, escritos y productos cinematográficos) como medios para transmitir mensajes, ¿qué comunica la comunidad de El Mozote a través de sus monumentos y cómo lo hacen?, ¿desde qué “mediaciones” se generan los esquemas simbólicos que posibilitan esa transmisión de sentido? Para responder a estas interrogantes, en este ensayo se utiliza como base principal los aportes de Martín-Barbero (1987) sobre las mediaciones, entendidas como los procesos y matrices simbólicas (y, por lo tanto, de sentido) que se construyen entre un medio de comunicación y la gente. Mientras que para proponer categorías desde la lógica de la memoria y el olvido se retomará el pensamiento e ideas de Schmucler (1980-2009). De esta manera, el desarrollo temático principal de este ensayo se construye tejiendo una red en la que dialogan ambos intelectuales, con el fin de presentar un esbozo teórico sobre cómo El Mozote a través de sus monumentos comunica su memoria y qué mensajes transmite.

Un primer concepto al que es necesario acercarse, desde una perspectiva teórica-reflexiva, es la memoria, que debe comprenderse como una “voluntad de hacer presente un pasado” y que, por lo tanto, “rescata de ese pasado lo que considera relevante para ser conservado, para ser transmitido” (Schmucler, 2009, p. 355).

La memoria, entonces, adquiere un valor que va más allá de evocar recuerdos y pasa a ser un proceso que “busca su permanencia (y se transmite) en construcciones míticas, en relatos sobre los que se arraigan valores fundantes de la comunidad” (Schmucler, 1995, p. 126).

Pero la memoria, en el caso de El Mozote, no es solo una construcción que se genera y produce a nivel individual, es decir, en cada miembro de la comunidad, pues el agravio, la crueldad y la muerte fueron y siguen siendo experiencias comunes. Esto posibilita construir una memoria colectiva, que no es abstracta, sino que se alimenta de la coincidencia de las similares o idénticas memorias por parte de un grupo (Schmucler, 2007. p. 553).

Por otro lado, este cúmulo de vivencias articuladas que unen a los miembros de la comunidad también propician la “memoria cultural” (Martín-Barbero, 1987, p. 200), que no se instrumentaliza y tampoco tiene apelaciones nostálgicas: “Su ‘función’ en la vida de una colectividad no es [solo] hablar del pasado, sino dar continuidad al proceso de construcción permanente de la identidad colectiva”.

Con lo anterior, es posible concluir que las memorias colectiva y cultural tienen un rol clave en la construcción simbólica de la identidad compartida y el sentido de pertenencia de una comunidad. Y este proceso también da paso a lo que Martín-Barbero (1987) llama “memoria del pueblo”: una categoría que está relacionada al concepto de pueblo que se plantea desde las posturas dicotómicas de los anarquistas y marxistas (p. 23). En este punto y desde la visión de los libertarios, la clave está en comprender que la memoria del pueblo está íntimamente relacionada con la “memoria de sus luchas”. En el caso de los pobladores de El Mozote y la amenaza a sus memoriales, la lucha implicaría la defensa de unos vínculos simbólicos que tienen su máxima expresión en los espacios que construyeron juntos para mantener en el presente a sus muertos.

Ahora bien, “toda memoria colectiva se desarrolla dentro de un marco espacial” (Halbwachs, 1990). Así se da paso a un segundo concepto clave que es la definición de espacios públicos pensados y diseñados para rendir homenaje a personas asesinadas en contextos bélicos y de violencia. Este tipo de expresiones constituyen “lugares de memoria” (Massa, 1998, p. 87), que están cargados de símbolos y que posibilitan las condiciones para ciertas producciones culturales como ritos y ceremonias. Pero también están relacionados con un pasado puntual que es “invocado y convocado” (Choay, 1992, citado en Massa, 1998, p. 88), a fin de “contribuir a mantener y preservar la identidad de una comunidad”.

El Monumento a la Familia de El Mozote, además de evocar a la memoria, posibilita de alguna manera la reparación moral de la comunidad: permite el duelo, pues está construido en el lugar donde se encontraron los restos de decenas de víctimas. En este sentido, este tipo de edificaciones cumplen una doble función:

Custodian la memoria en cuanto documentos, testimonios de otras épocas y del clima que los ha producido; por otro, contribuyen a fundar y a alimentar la propia memoria, en la medida en que se consideran como referentes de los procesos de construcción de la identidad histórico-cultural (Massa, 1998, p. 88).

Este tipo de lugares edificados para, de alguna manera, evocar al pasado en el presente, como explica Shcmucler (2006), pueden propiciar la memoria, pero no por sí mismos, sino porque los seres humanos (los sobrevivientes para el caso de El Mozote, principalmente), hacen que cuenten algo (p. 541). De esta forma, los espacios de memoria adquieren un rol comunicativo y de transmisión de sentido. Al cumplir esta función, es posible, entonces, identificar y crear categorías de mediaciones para “re-ver el proceso entero de la comunicación desde su otro lado, el de la recepción, el de las resistencias que ahí tienen su lugar, el de la apropiación desde los usos” (Martín-Barbero, 1987, p. 10).

Entre El Mozote como lugar físico —con toda la carga histórica que posee— y sus pobladores y los sobrevivientes  —como portadores de la memoria común, la que comparten entre ellos— se extiende una matriz que articula sentidos y procesos de producción cultural. 

Lo que sigue a continuación es una propuesta, una reflexión y una aproximación para intentar arrojar luces que iluminen ese mapa de significación y sentidos que construye la comunidad de El Mozote a través de esos espacios públicos y que evocan y posibilitan comunicar la memoria. Las categorías guías para intentar configurar el mapa se agrupan en lo que se podrían llamar mediaciones de la memoria. Con estas, se buscará comprender y analizar por qué la comunidad de El Mozote se aferra a sus espacios y qué esquemas simbólicos se activaron cuando los pobladores vieron amenazado su principal monumento.

La primera de las mediaciones que se pueden aplicar a la comunicación de la memoria desde El Mozote es la “ritualización” (Martín-Barbero, 1987, p. 152), que en este caso estaría vinculada directamente a tradiciones y experiencias ancladas para asumir la muerte y el duelo: “La muerte del otro es la única muerte reconocible [...]. La comunidad, la comunicación, solo es posible a través de ese reconocimiento” (Schmucler, 1995, p. 127).

En diciembre, año con año, en el marco de la conmemoración de la masacre, la comunidad se reúne en el Monumento a la Familia: colocan arreglos florales, realizan un minuto de silencio y encienden velas para “recordarles y decirles [a los que murieron masacrados] que la memoria de ellos continúa viva” (Tobar, 2021). Con este rito, la comunidad llama a sus muertos del pasado al presente. Pero esta experiencia colectiva de duelo no es un duelo cotidiano como el que se vive tras perder a un familiar por una enfermedad o en un accidente trágico. El centro del ritual está relacionado con el dolor que genera un tipo de muerte que es hasta cierto punto inexplicable e irracional: la provocada por el mal, es decir que niega a una persona la posibilidad de morir con dignidad. Este hecho tiene un trasfondo que implica

desdibujar la identidad de los cuerpos en los que la muerte puede dejar testimonio de que ese que murió había tenido vida. Si la vida solo se manifiesta en sujetos únicos, la muerte genérica es incapaz de mencionar la muerte humana; por eso es inagotable la necesidad de saber cómo murió cada uno y, por eso, la incertidumbre no tiene consuelo (Schmucler, 1996a, pp. 137-138).

Este es el tipo de muerte que está al centro del proceso de ritualización que lleva a cabo la comunidad de El Mozote. Y el Monumento a la Familia, que se convierte en el punto de encuentro para una vigilia o para poner flores, es el detonante que mueve a la comunidad a intentar dignificar aquella muerte que nació del terror. Es un rito que busca devolver a los masacrados su identidad: leer sus nombres en las tablas de madera que cuelga en el monumento es llamarlos al presente, pero no como los cuerpos calcinados, torturados y baleados en los que se convirtieron, sino como seres humanos. Es en definitiva una ritualización para dignificar la muerte.

Por otro lado, este ritual evidencia la presencia de una narración “fuertemente codificada” (Martín-Barbero, 1987, pp. 152-153) y que debe ser asumida, en este marco, “como un lenguaje tendido hacia fuera de sí mismo, hacia su capacidad de comunicar”. Aplicar este concepto a las mediaciones de la memoria significa profundizar en la trascendencia de la narración testimonial.

Cuando llegan visitantes a El Mozote son recibidos por miembros de la comunidad, quienes explican y cuentan la historia de su pueblo y sus víctimas mientras recorren los monumentos. De esta manera, los espacios memoriales posibilitan una serie de procesos narrativos. Sin embargo, es clave comprender que la narración que se genera en estos procesos de interacción entre el visitante y el miembro de la comunidad no son solo historias, sino testimonios de los propios sobrevivientes o de los miembros de la comunidad que no fueron testigos directos de la masacre, pero que han interiorizado el relato como suyo. Porque nacen de una experiencia turbulenta, estos testimonios “constituyen documentos de inagotable riqueza” (Schmucler, 1980, p. 70) para la memoria.

Además de su importancia comunicacional, los testimonios y relatos de las víctimas de El Mozote cristalizan una experiencia que “desde el oprimido configura unos modos de resistencia y percepción del sentido mismo de sus luchas” (Martín-Barbero, 1987, p. 63): vencer al olvido. En este punto, explica Schmucler (2004) será la memoria colectiva la encargada de resguardar la narrativa cuando los testigos callen, olviden o mueran: “Lo que perdura es el grupo [la comunidad] que tiene un relato para contarse y para transmitirlo” (pp. 432-433).  Y es que garantizar la voluntad de continuar difundiendo los testimonios para que se compartan es resistirse al olvido, pues este “no es otra cosa que la interrupción del relato” (Schmucler, 2004, p. 433).

Y en El Mozote el relato se comunica de generación en generación. Así lo ejemplifica una de las lugareñas que se encarga de contar la historia de la masacre a los visitantes: “Yo no vivía aquí, pero Rufina Amaya, que fue una de los sobrevivientes, nos contó” (Anónimo, 2021).

Así se da paso a una tercera mediación de la memoria: la dimensión simbólica de los sobrevivientes, que va más allá de caracterizarlos solo como víctimas y portadores de los relatos (que los son y es muy importante entenderlos así), sino también implica verlos como “los rostros de los otros, de los que no sobrevivieron, los que se perdieron en la arrasadora igualación de la muerte impuesta” (Schmucler, 1997, p. 148), pues esa es la cruz que cargan en sus espaldas.

Rufina Amaya fue una de las sobrevivientes de la masacre de El Mozote; y fue la primera persona en contar y denunciar lo que sucedió aquel mes de diciembre de 1981. El Batallón Atlacatl asesinó a su esposo y a sus cuatro hijos: el mayor tenía 9 años; y la más pequeña, que se la quitaron de los brazos, tenía ocho meses de edad. Rufina sobrevivió porque logró esconderse debajo de un arbusto cuando los soldados intentaban controlar a un grupo de mujeres. Con los años, se convirtió en uno de los símbolos de la masacre de El Mozote. Contó su testimonio en todos los espacios que pudo. Falleció en 2007 sin tener justicia por el asesinato de su familia.

Museo de la Palabra y la Imagen. (2014, 24 de enero). Jorge Ramos entrevista a Rufina Amaya "El Mozote". [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=9zMPrWpyUSU

La figura de Rufina podría categorizarse como una heroína que no solo venció a una maquinaria de exterminio, sino que además, en un contexto de guerra civil y represión, tuvo la valentía de hablar y señalar al Ejército salvadoreño como el responsable del crimen. Representaría, entonces, un especie arquetipo heróico que “nace, no en el cielo, sino de los sufrimientos” (Gubern, 1974, citado en Martín-Barbero, 1987, p. 153). Pero desde la lógica de las mediaciones de la memoria, aunque salvó su vida, su propia existencia cobra un nuevo significado. Y acá es posible abordar la dimensión simbólica de los sobrevivientes: lograron algo que podría considerarse imposible (no perder la vida), pero al mismo tiempo, como afirma Schmucler (1997, p. 148), son los que pueden dar fe de la existencia del mal, con todo lo que esto implica: “Las marcas que atraviesan a los sobrevivientes los transforman en testigos del espanto y ese privilegio no los libera de la inagotable culpa de haber tenido suerte” (Schmucler, 1997 p. 152).

Además de ser testigos directos del mal, la dimensión simbólica de los sobrevivientes de El Mozote también condiciona su relación con los espacios de memoria: son ellos los que efectivamente dotan de sentido a los monumentos; y son ellos, de acuerdo con Schmucler, (2006, p. 537), los que asumen, mejor que nadie, el acto voluntario de recordar para que la memoria brote de los monumentos. Como dijo Rufina Amaya en una de sus charlas testimoniales: “para mí es duro recordar todo, pero sé que si no lo hago yo, nadie lo va a hacer”, (Museo de la Palabra y la Imagen, 2021, 0m17s).

Las tres mediaciones de la memoria propuestas y desarrolladas hasta este punto (el ritual para dignificar una muerte deshumanizante, la trascendencia del testimonio y la dimensión simbólica de los sobrevivientes) tienen un objetivo común que da origen a una cuarta: la batalla contra el olvido.

El olvido, desde el planteamiento de Martín-Barbero (1987, p.152), podría presentarse como uno de los villanos simbólicos en las mediaciones de la memoria. Aquí es necesario hacer énfasis en la dimensión simbólica, pues, en la realidad histórica, la impunidad para El Mozote tiene varios rostros concretos: el del Ejército, el del sistema judicial y la misma sociedad que invisibiliza a las víctimas, por mencionar algunos. En este ensayo se hace énfasis a la dimensión simbólica de un fenómeno cultural-comunicacional, por esto solo se aborda el olvido, por ser el némesis simbólico por antonomasia de la memoria.

Y es que “el olvido trabaja para secar las raíces” (Schmucler, 1996b, p. 135) del acto de recordar y es una “amenaza permanente que se hace presente cuando la voluntad de transmisión declina” (Schumucler, 2004). Por esto, la importancia de la convergencia entre la ritualización, el testimonio y los sobrevivientes: su misión es procurar que el relato/narrativa de lo que sucedió prevalezca , (p. 433).

Sin embargo, como asegura Schmucler (1996b), la memoria puede triunfar en ese ámbito de contar lo que pasó, pero el principal éxito del olvido es “diluir la responsabilidad de preguntarse por qué el crimen se hizo posible. No solo lo que ocurrió sino, fundamentalmente, por qué ocurrió” , (p. 135). Y precisamente pensar en el cómo fue posible es el siguiente paso al que debe avanzar la batalla contra el olvido. En El Mozote la posibilidad de justicia, verdad y reparación para las víctimas se traduce en un camino de más de 40 años sin tener respuestas reales. Por esto, enfrentarse al olvido, por el momento, no puede ir más allá de garantizar las condiciones mínimas para la memoria: poder contar lo que pasó, honrar a sus víctimas, dignificar a los sobrevivientes y proteger sus monumentos.

En el marco de esta batalla contra el olvido, El Mozote se enfrenta a la intervención del gobierno de Nayib Bukele en los espacios memoriales para modernizarlos y remodelarlos. El Estado parte de la premisa de que estos lugares deben ser “restaurados” para darles “realce” (DOM, 2022). Esto sin comprender la dimensión popular-cultural de este tipo de manifestaciones, cuyo valor no reside en su belleza, sino “en su representatividad sociocultural, en su capacidad de materializar y de expresar el modo de vivir y pensar” (Martín-Barbero, 1987, p. 85).

Si se remodelan los monumentos, dejarían de representar lo que los sobrevivientes quisieron expresar cuando los construyeron. ¿Seguirán siendo un homenaje a las víctimas? Sí, materialmente sí. Pero se iniciaría un proceso de resignificación en donde se podría propiciar la construcción e imposición de una sola memoria (Schmucler, 2006, p. 544). En el imaginario social, los monumentos serán instrumentos que relatan la historia que el Estado quiere que se cuente. De esta manera, evocarán una memoria que ha sido trastocada por una cultura oficial, que tiene como una de sus manifestaciones principales “la destrucción de (...) los objetos, las formas iconográficas de los dioses, etcétera; la obliteración o abolición de prácticas, ritos, costumbres, devociones; y la desnaturalización o deformación de (...) las temáticas folklóricas” (Martín-Barbero, 1987, p. 85).

Es necesario seguir profundizando en el análisis de las matrices culturales que genera y provoca El Mozote en El Salvador. Este ensayo ha buscado brindar algunas ideas en ese sentido a través de las propuestas y perspectivas que se plantean desde las mediaciones de la memoria. Ahora bien, será necesario evaluarlas mediante técnicas de investigación que permitan validarlas o reformularlas. Sin embargo, el ejercicio de reflexión pretende ser una invitación a profundizar en el tema de la memoria de las víctimas de la guerra civil salvadoreña como un proceso que también tiene mucho que aportar desde la comunicación y la cultura.

Los muertos de El Mozote no son solo los muertos de una comunidad puntual; son también nuestros muertos. Y mientras no se pueda garantizar que esta historia de crueldad no se volverá a repetir, cualquier monumento que sirva como instrumento y medio de comunicación para no olvidarlos es “un lugar sagrado” (Cruz, 2022). 

Referencias

Anónimo. (2021, 21 de febrero). El Mozote: el jardín de los inocentes/Inés Ramírez. El Escarabajo. https://elescarabajo.com.sv/periodismo/cronica/el-mozote-el-jardin-de-los-inocentes

Benegas, D. (2013). Trabajar el barrio: el escrache como intervención cultural. Acta Sociológica, 60, 79-101. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S018660281370985X

Bukele, N. [@nayibbukele]. (2020, 18 de diciembre). Ayer en El Mozote, hablamos sobre la guerra y la supuesta paz… [Video adjunto] [Tweet]. Twitter. https://twitter.com/nayibbukele/status/1340127468162789376

Bukele, N. [@nayibbukele]. (2021, 12 de diciembre). En el 40 aniversario de la masacre de El Mozote, fuimos ahí a recordar el pasado, pero también a hablar. [Video adjunto] [Tweet]. Twitter. https://twitter.com/nayibbukele/status/1470169113918124035

Cruz, J. (2022). El Mozote: lugar sagrado, no negocio. Radio YSUCA. https://ysuca.org.sv/2022/03/el-mozote-lugar-sagrado-no-negocio/

Dirección de Obras Municipales. [@ObraMunicipal] (2022, 4 de marzo). Estamos cumpliendo la misión encomendada por nuestro Presidente @nayibbukele, de continuar con la inversión histórica en #ElMozote, que contiene un. [Video adjunto] [Tweet]. Twitter. https://twitter.com/ObraMunicipal/status/1499797590891765760

Halbwachs, M. (1990). Espacio y memoria colectiva. Estudios sobre las culturas contemporáneas3(9), 11-40. https://www.redalyc.org/pdf/316/31630902.pdf

Lima, L. (1 de abril de 2019). El Mozote: cómo fue hace 40 años la masacre en El Salvador, la mayor del siglo XX en América Latina. BBC Mundo. https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-47425381

Martín-Barbero, J. (1987). De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía. Editorial Gustavo Gili.

Massa, P. (1998). Antropología y patrimonio cultural. Un estudio sobre los monumentos a los caídos. Alteridades, 8(16), 85-94. https://www.redalyc.org/pdf/747/74781607.pdf

Museo de la Palabra y la Imagen. (2021, 9 de diciembre). Rufina Amaya. [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=6jsPE47UZc8

Radio YSUCA (2022). Familiares de víctimas del Mozote no son consultados para proyectos gubernamentales. Radio YSUCA. https://ysuca.org.sv/2022/03/familiares-de-victimas-del-mozote-no-son-consultados-para-proyectos-gubernamentales/

Organización de las Naciones Unidas. (1993). De la locura a la esperanza. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador. Organización de las Naciones Unidas. http://www.registroelmozote.gob.sv/wp-content/uploads/2018/07/informe_cv_es.pdf

Schmucler, H. (1980). Testimonio de los sobrevivientes. En V. Papalini (ed.), La memoria entre la política y la ética. Textos reunidos de Héctor Schmucler (1979-2015) (pp. 69-80). Argentina: CLACSO. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20191129044115/La-memoria-entre-la-politica-y-la-etica.pdf

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    __ (2007). ¿Para qué recordar? En Papalini, V. (ed.), La memoria entre la política y la ética. Textos reunidos de Héctor Schmucler (1979-2015) (pp. 551-570). Argentina: CLACSO. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20191129044115/La-memoria-entre-la-politica-y-la-etica.pdf

__ (2009). Las enseñanzas de los sitios. En Papalini, V. (ed.), La memoria entre la política y la ética. Textos reunidos de Héctor Schmucler (1979-2015) (pp. 349-358). Argentina: CLACSO. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20191129044115/La-memoria-entre-la-politica-y-la-etica.pdf

Tobar, L. (2021, 12 de diciembre). El Salvador: 40 años de un vacío judicial en la Masacre de El Mozote/ Juan Belleville. France 24. https://www.france24.com/es/am%C3%A9ricas/20211212-el-salvador-vacio-judicial-mozote  

Margarita Yolanda Moreno Henríquez estudió Comunicación Social en la UCA. Actualmente, trabaja en la Dirección de Comunicaciones, siempre en la UCA. Su trayectoria profesional ha estado vinculada al área de la comunicación institucional (y todo lo que esto implica, en modo "hace-lo-todo").